Cuando Adriana Pérez O’Connor llegó de pagar el teléfono, llevábamos unos diez minutos sentados en su sala. Le había dicho a la vecina que nos recibiera y dejara pasar. Al entrar y ver al fotógrafo, dijo: «de haber sabido que tomarían fotos me hubiese arreglado el pelo». A partir de entonces intercambiamos preguntas y respuestas. Durante todo el tiempo, nos acompañó el silbar de los pajaritos que, junto a las plantas sembradas por ella y su esposo Gerardo Hernández Nordelo, decoran el largo pasillo que conduce a la puerta de su casa.
Tomado de Cubadebate







